(Man, Economy, and State, cap. 1, §§1–3)

Toda la economía austriaca descansa sobre una idea tan simple como profunda: los seres humanos actúan. En Man, Economy, and State, Murray Rothbard define la acción humana como comportamiento con propósito: actuar es intentar sustituir un estado de cosas que se considera menos satisfactorio por otro que se considera mejor.

Esta afirmación no es una hipótesis empírica ni una generalización estadística. Es un axioma. Intentar negarlo ya implica actuar con un propósito (convencer, refutar, argumentar). No podemos concebir coherentemente a un ser humano que no actúe en absoluto. Desde este punto de partida, Rothbard construye, paso a paso, toda la teoría económica.

1. Solo los individuos actúan

Si la acción es comportamiento con propósito, entonces solo los individuos actúan. Únicamente las personas individuales tienen fines, eligen medios y toman decisiones. No existen “fines de la sociedad”, “objetivos del mercado” o “decisiones del colectivo” al margen de los fines y decisiones de las personas concretas que componen esos colectivos.

Esto no implica negar la influencia social. Las acciones individuales pueden estar profundamente moldeadas por normas, tradiciones, expectativas y presiones de otros. Pero incluso cuando alguien “sigue al grupo”, sigue actuando: elige conformarse, evitar el conflicto o ganar aprobación. La economía, para Rothbard, debe comenzar siempre desde el individuo que elige.

2. Fines insatisfechos no bastan: las ideas importan

Para que exista acción no basta con que una persona tenga deseos o fines insatisfechos. También debe creer que algún modo de comportamiento puede ayudarle a alcanzarlos. Si alguien no ve ningún camino posible entre su situación actual y el estado que desea, no actuará.

Aquí aparece un elemento clave que Rothbard llama ideas tecnológicas: las creencias del individuo acerca de cómo funcionan los medios disponibles y cómo pueden usarse para alcanzar ciertos fines. Dos personas pueden tener los mismos deseos y los mismos recursos, pero actuar de manera distinta porque piensan distinto sobre cómo lograr sus objetivos.

Esto introduce desde el inicio un rasgo esencial de la acción humana: está guiada por creencias subjetivas. No actuamos en función de “las mejores técnicas objetivas”, sino de aquellas que creemos que funcionarán.

3. Medios, fines y el ambiente

Toda acción ocurre en un ambiente dado. El individuo se encuentra rodeado de elementos que no eligió y que no puede cambiar libremente. Frente a este entorno, clasifica —implícita o explícitamente— los elementos en dos grupos:

  • Medios: aquello que cree que puede usar o modificar para alcanzar sus fines.

  • Condiciones generales: aquello que acepta como dado, al menos en ese momento.

Actuar consiste precisamente en reordenar los medios dentro del ambiente para lograr un fin deseado. No hay acción sin esta relación medios–fines. Incluso las decisiones más simples —hablar, callar, moverse, esperar— implican esta estructura.

4. La acción siempre ocurre en el tiempo

Otro rasgo ineludible de la acción es que tiene lugar en el tiempo. Cuando una persona decide actuar, lo hace siempre mirando hacia el futuro. El fin que persigue aún no ha sido alcanzado; espera alcanzarlo más adelante.

Esto implica que el tiempo no es solo un telón de fondo neutral. Es un recurso escaso. El individuo no es inmortal y, más importante aún, no puede usar el mismo momento para perseguir múltiples fines incompatibles. Elegir actuar de una manera hoy implica renunciar a actuar de otras maneras hoy.

5. Escasez y elección

Aquí aparece el concepto central de escasez económica. Los medios —incluido el tiempo— son escasos porque pueden emplearse para fines alternativos. Usarlos para un fin implica no usarlos para otro.

Por eso, toda acción humana implica elección. Y elegir implica necesariamente dejar algunos fines sin satisfacer. El individuo debe priorizar. Rothbard introduce así la idea de una escala de valoraciones: un orden subjetivo en el que el agente clasifica sus fines según su importancia.

Cuantos más medios tenga disponibles, más fines podrá satisfacer. Pero incluso en la abundancia, la elección nunca desaparece. Siempre habrá un “mejor uso” posible de los medios en cada momento.

6. Una aplicación cotidiana: decidir qué hacer esta tarde

Rothbard ilustra estas ideas con un ejemplo deliberadamente simple: una persona que decide entre quedarse sentada en el sillón, jugar bridge o ir a un partido de béisbol. No hay nada “trivial” en esta elección. En ella están presentes todos los elementos fundamentales de la acción humana.

La persona tiene fines (descansar, divertirse, socializar), ideas tecnológicas (cree que el sillón relajará, que el bridge será entretenido, que el béisbol será emocionante), medios limitados (su tiempo, energía, dinero) y enfrenta un futuro incierto. Al elegir una opción, renuncia automáticamente a las otras.

Lo interesante es que nadie puede decir desde fuera cuál es la “mejor” decisión. Solo el propio individuo, con su escala de valoraciones, puede hacerlo. La economía austriaca no evalúa los fines; se limita a entender cómo las personas actúan para alcanzarlos.

7. El punto de partida de toda la economía

Desde este axioma —que los seres humanos actúan— Rothbard construye toda su teoría económica. Precios, costos, producción, intercambio, capital, interés: todo puede rastrearse hasta este hecho elemental.

Antes de hablar de mercados o políticas públicas, Man, Economy, and State nos invita a detenernos en algo más básico: cada decisión humana, por pequeña que parezca, es una elección bajo escasez, en el tiempo, guiada por creencias y valores subjetivos. Entender esto es entender el punto de partida de la economía.

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